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lunes, diciembre 16, 2013
ARGIMIRO GABALDÓN:: ¿UN PENSAMIENTO, UNA ACCION Y UN EJEMPLO PARA EL PORVENIR?
ARGIMIRO GABALDON
¿UN PENSAMIENTO, UNA ACCION
Y UN EJEMPLO PARA EL PORVENIR?
MERY SANANES
Estas palabras fueron pronunciadas el 14 de diciembre de 1994, en ocasión de cumplirse 30 años de la muerte de Chimiro. Diecinueve años después, en este diciembre del 2013, su contenido sigue vigente. Como también el sueño de Argimiro Gabaldón que se junta al de Pío Tamayo.
Ni la seudo democracia ni la seudo revolución que hoy ejerce el poder en este expaís, han podido adelantar una historia distinta, que tome en cuenta al pueblo como agente histórico fundamental.
Por el contrario, la acción de manipular, domesticar y reprimir al colectivo se ha convertido en el eje de una política destructora que avanza, sin que nada la detenga, en su afán de alcanzar el control total de una sociedad, sumida en la confusión, el miedo y la sobrevivencia.
Por eso decíamos entonces y lo reiteramos hoy, que Argimiro Gabaldón, al igual que José Pío Tamayo, siguen sepultados. Su escuela aún está por constituirse. Pero sin duda su pensamiento, sus ideales, sus posiciones y valores constituyen una base importante para la concientización y organización de un colectivo que es el único llamado a enfrentar, no por la vía de las armas, sino con el instrumento de un pensamiento, una ciencia y un arte nuevos, los 203 años de una historia regida por los intereses de las minorías.
Diecinueve años después, al cumplirse 49 años de su muerte, ni la derrota, ni las mentiras, ni las falsificaciones, ni las negociaciones y acuerdos, ni el amendrentamiento, ni la represión han cesado. Por el contrario, se han profundizado.
De allí la inmensa tragedia de la historia que actualmente vivimos, continuación de aquella que llevó a su hermano Edgar Gabaldón a exclamar: 'Y si su biografía, detalle a detalle, no se considera merecedora de estudio y de examen, no sabe nadie quién vale aquí nada.'
Y de eso se trata . de estudiar, detalle a detalle, esas vidas, para aprehender los caminos que nos conduzcan hacia un porvenir distinto. ms
UNA DERROTA QUE NO HA CONCLUIDO
De pronto nos asalta la
interrogante relacionada con el dónde estamos y hacia dónde vamos. Indispensable entonces el balance para saber
qué de lo realizado adquirió permanencia. Estamos indudablemente frente al
peñasco de un inmensa derrota que nos cubre y angustia mñas de lo que
pensamos. Y en medio de esa búsqueda,
nos viene a la mente la reflexión de
Edgar Gabaldón, a la hora en que recibe el tremendo impacto: tu hermano, el
Comandante Argimiro, murió hoy a consecuencia de la herida recibida por un
disparo accidental que recibió. Y en
este momento, el hermano no se queda en una muerte. Su reflexión se vuelca sobre el proceso de
una terrible derrota que tiene en su seno, sin embargo, la propia semilla del
triunfo. Entonces dijo Edgar:
Las reflexiones que
produce la muerte de un ser querido ya no son sagradas en este país, porque
están separadas por el signo de la guerra civil. La vida de todo hombre no vale nada si se le
pone precio a la de uno solo. Todos
tenemos dinero para pagar la muerte de otro.
Y esto significa, en términos filosóficos, que en Venezuela se ha
perdido la razón moral y que quienes
fungen de doctores de la fuerza ética, no han salido a hablar a tiempo. Y que su silencio es cómplice de las muertes
habidas en ambos bandos y las que habrán de venir. De nada sirve un ejercicio intelectual que
por cobardía retrocede ante el paisaje de la realidad diáfana y terrible. Si a este país hay que lavarlo con sangre, de
sus impurezas causadas por el caos social en que se debate para marchar hacia
una estructura más razonable y humana, se le lavará. Pero no digan entonces, quienes en él
habitan, que no hubo quien les dijera lo que estaba pasando. Ese es el sentido de la muerte de
Chimiro. Y si su biografía, detalle a
detalle, no se considera merecedora de estudio y de examen, no sabe nadie quién
vale aquí nada. Porque salir al aire
limpio y frío de las tierras, exponer la vida propia por un ideal, será siempre
lo más noble y alto que pueda hacer un hombre en esta pobre tierra, tan triste
y poca cosa.
La mayor derrota
infringida al movimiento revolucionario que estremeció la década de los
sesenta, no fue la represión que se asentó en los teatros de operaciones, ni la
que fue liquidando uno a uno los elementos considerados peligrosos y
subversivos. La mayor derrota se le
infringe a quienes quedan con vida, a los supuestos sobrevivientes de unas
jornadas que afectan de la manera mas terminante y profunda a un buen grupo de
combatientes, a quienes convierten en destrozos. Y a quienes igualmente afectados por la
avalancha derrotista intentan andar con los sueños y las esperanzas a cuestas. Rómulo Betancourt fue el mayor artífice de
esa derrota. Proclamada mucho tiempo
atrás, cuando todo era unidad, libertad y fraternidad. Y cada uno de los pasos fueron conducidos por
el enemigo. Nada se escapó a su dominio. Y esa triste y terrible realidad que hoy vivimos no es más que reflejo y
evidencia de una derrota que no ha concluido.
UN LLAMADO QUE AUN NO SE ESCUCHA
Argimiro Gabaldón fue
testigo y actor de una derrota que quiso detener. Como años antes lo intentara Pío Tamayo, con
la sola fuerza de su convicción
revolucionaria, con la sola decisión de su perseverancia y su coraje. En el momento en el cual para el Partido
Comunista y el MIR la lucha armada fue una táctica a seguir, una manera de
acceder al poder en breve plazo, acorralados como estaban por las derrotas
infringidas por Betancourt, Argimiro se fue a las montañas a plantear una lucha
de otras dimensiones, otros contenidos y otras proyecciones.
Pero esta fue una
forma de luchar que no fue asumida por el colectivo en forma consciente y
militante. La emoción se conjugó al acomodo de muchos dirigentes que supieron
mandar pero nunca conducir ni acompañar en el hacer práctico y concreto. De allí la incoherencia y la perversión. Y
como parte de todo este terrible cuadro, aquella voz que se alzaba solitaria y
angustiada. Es el llamado al combate, a
la atención a las guerrillas, a la
solidaridad, a redoblar las luchas por la toma del poder para el pueblo. Un llamado que no se escucha y el cual se
pretende, más bien, enterrar.
UNA PROPUESTA DE CAMBIO RADICAL
Decía Argimiro:
“Nosotros estamos interesados en hacer la Revolución en nuestro país y la
entendemos como un cambio radical en
todos los sentidos y en todos los
terrenos; como la total y profunda transformación de nuestra Patria, que haga
de ella una sociedad justa, sin miseria ni opresión, una nación dueña de sus
riquezas, próspera y feliz, un país libre y soberano.” Argimiro en ese sentido, no sólo fue
derrotado por el enemigo que le puso precio a su cabeza, sino desde adentro. Desde aquellas noches donde a la montaña no
llegaba ni un caramelo ni un terrón de azúcar. Desde aquellos días de sembrarse
entre las filas y los ríos, mientras abajo se debatían las mejores formas para
congraciarse con el poder. Y abatido en aquella bala absurda que lo alcanzó.
NO FUE DERROTADO EN SUS IDEAS VIGOROSAS
Pero Chimiro no fue
derrotado en el enfrentamiento, en el combate, en el mantenimiento de sus ideas
vigorosas, en la convicción de código de deberes, en la perseverancia en su
ideario vital. Y eso es lo que debemos rescatar
y es lo que está condenado al silencio.
¿A quién importa o convoca Argimiro Gabaldón hoy en día? ¿Qué significa y dice a estas generaciones
para quienes ni siquiera es una referencia?
¿Qué diremos de esta universidad que se conmovía hasta sus cimientos
cuando caía uno de los nuestros?
¿QUE HICIMOS CON TODOS ESOS SUEÑOS
DE CAMBIAR EL MUNDO?
En 1966, a dos años de la
muerte de Argimiro, la promoción de la Escuela de Letras de ese año, llevó su
nombre. Una promoción dividida, porque apenas siete estudiantes asumimos el
compromiso de llevar esa bandera. Y aquí
en estos espacios estuvo el General
Gabaldón y se plenaron del entusiasmo de una juventud que sabía llorar a sus
muertos y que tenía coraje para irse a entregarse a una causa. ¿Qué hicimos con toda esa rebeldía, esos
sueños de cambiar el mundo, esa capacidad para el sacrificio, ese valor para
enfrentar la muerte? ¿Qué ocurrió con
los padres que tuvieron que enterrar a sus hijos, con los hijos que enterraron
a sus padres? ¿Qué ocurrió con una sociedad que vio morir a tantos en una pugna
entre la fiereza de un enemigo claro en sus objetivos y unas directrices
contradictorias y despedazadas? ¿Cuál es
el balance actual de aquella terrible y costosa guerra?
¿QUE CUANDO PREVALECE HOY EN ESTA
SOCIEDAD?
No podemos hablar de
Argimiro sin preguntarnos por lo que
hoy hacemos. ¿Cuál es el cuadro que prevalece en esta
sociedad? ¿Cuáles son los valores de una
juventud sin ni siquiera un ideal por el cual luchar? La vida de Argimiro significa el rescate de
un modo de vivir, consecuente con un pensamiento y una acción. Significa la decisión de no traicionar
nunca aquellos sueños en los que se
cree, así estén despedazados por un enemigo muy poderoso. Significa perseverar en la utopía de
convertirnos en transformadores de esta historia, sin detenernos a pensar en el
balance contable de ganancias y pérdidas,
Por ello tiene razón Edgar cuando dice, que si la biografía de Chimiro
no se considera merecedora de estudio y examen, no sabe nadie quién vale aquí
nada. Porque salir al aire limpio y frío de las tierras, exponer la vida propia
por un ideal, será siempre lo más noble y alto que pueda hacer un hombre en
esta pobre tierra.
PROPUSO EL CAMINO DEL PUEBLO
Pero además en Argimiro
se juntan muchas otras cosas. Poeta,
novelista, pintor, periodista, historiador, fue librando la experiencia y la
teoría para dejar testimonios de un camino que calificó de duro, muy duro, pero
como el camino que debe recorrer el pueblo, para hacerse al fin constructor de
su destino. Y en este aspecto Chimiro fue fiel a su palabra. No entendió las guerrillas como aquel arroz
con pollo, sin pollo, como lo calificara Rómulo Betancourt, sino como un
trabajo junto al pueblo.
FORMAR AL PUEBLO PARA CONVERTIRLO EN
VERDADERO ACTOR DE SU PROPIA HISTORIA
Argimiro había nacido y
andado por esos caminos del pueblo.
Había vivido y compartido con la gente que vive de la tierra, y había
probado el café amargo de los campesinos.
No como alguien que va de paso,
sino en comunión con ellos. De allí la importancia que le asignaba a ese
trabajo de convivir para crear conciencia.
De participar para poder clarificar.
En otras palabras, estar preparado para vivir sencillo de aquellos
hombres, canteras de alegrías y
hallazgos maravillosos. Tenía conciencia
de que si la guerra era larga y prolongada, lo fundamental no radicaba en echar
unos disparos aquí o allá, o proclamar la toma de un caserío, o un pueblo, sino
formar aquella gente para convertirlos, no en dirigidos sino en actores de su
propia historia.
ARGIMIRO ENRIQUECIO EL IDEARIO
PIOTAMAYISTA
En otras palabras,
Argimiro enriquecía aquella formulación que hacia Pío Tamayo, casi cuatro
décadas atrás: todos nuestros males
residen en que no hemos tomado en cuenta al pueblo como agente histórico fundamental. Pero ese es un planteamiento que ha sido
dejado de lado y que ha estado ausente en la práctica de los partidos y grupos
de izquierda en este país. Al pueblo no
se le incorpora a sus propias luchas, se
le utiliza, manipula, domestica y finalmente se le derrota una y otra vez. Con la muerte de Argimiro, se quiebra una voz
y acción que se ubica en la perspectiva de la historia del pueblo, que parece ser la única garantía de echar
adelante una verdadera transformación en estas latitudes. Porque hay que decirlo, Chimiro como Pío, no
dejan escuela ni alumnos. Por el
contrario, a la muerte que los arrebató, se le suman muchas otras formas de
muerte y todo el silencio de una vida política signada por la complicidad, la
descomposición y el cinismo.
EL COMANDANTE CARACHE ESTA AUN
SEPULTADO
El Comandante Carache
está aún sepultado. Pero estos otros
treinta años de derrotas son tiempo suficiente para convocarlo a la tarea
colectiva de la historia del pueblo.
Tiempo para rescatar, dar a conocer, divulgar y difundir su ideario, su
pensamiento político para que su estudio pueda contribuir a la conformación de
ese pensamiento del pueblo del que aún carecemos como pensamiento del pueblo
del que aún carecemos como pensamiento orgánico y organizado, valido como
instrumento de transformación. Hasta
ahora seguimos divididos, fragmentados y dispersos. Cada cual dueño de una parcela, un
destino. No hemos sido capaces de
comprender que la acción que habrá de conducir al pueblo-pobreza hacia otra
historia, pasa porque nos despojemos de muchos vicios, porque asumamos una
perspectiva distinta, una práctica y un pensamiento cuyo norte sea, en verdad,
el mejor vivir del hombre.
LA FUERZA DE LA JUVENTUD
PARA FERMENTAR A LOS PUEBLOS
Argimiro significa, en
esa dirección, un ejemplo y una lección. Porque asumió el reto y el riesgo de ese camino duro y
prefirió, como él mismo decía, entre lo amargo y lo dulce, lo amargo.
Decía Argimiro: “Sólo una juventud impaciente, que se rebele contra el
mundo tradicional, que no reflexiona para escoger entre lo dulce y lo amargo, y
escoge lo amargo, es la sola fuerza capaz de hacer fermentar a los pueblos y
producir las grandes revolucionarias redentoras.” Entregó su vida a esa tarea y
nos dejó las señales para proseguir por esa vía, dejando en cada espacio, en
cada lugar que ocupemos, un aporte a esa lucha y a esa batalla.
LOS MENUDOS ARROYOS DE HECHOS HUMANOS
Decía Chimiro: “Es muy difícil mirando el arroyo, que como una débil
linfa se escurre entre las peñas, pensar que allí esta naciendo el Padre de las
Aguas. No es fácil darse cuenta de que
aquel hilo torpe de agua va a dar al mar, hundiéndose en su costado con una
grandiosidad que pasma. Acostumbrados a
las síntesis históricas, que nos presentan los grandes hechos, las grandes
batallas decisivas, los grandes héroes coronados de gloria, pocas veces
pensamos en que esos hechos, esas batallas, esos hombres, solo han sido
posibles, porque menudos arroyos de hechos humanos se pusieron un día a
correr. Pequeños hechos y pequeños hombres,
son los arroyos del río padre de la Historia, aunque sus linfas confundidas el
día de la victoria en su ancho cauce no las logremos distinguir. Aunque la
pequeña quebrada, sin nombre en la geografía, no figure en los mapas, su agua
es la madre del Padre de las Aguas.”
CHIMIRO FUE UNA QUEBRADA TUMULTUOSA
EN BUSCA DEL PADRE DE LAS AGUAS
Y Chimiro es ese arroyo de agua que va buscando al padre de las aguas,
es pequeña quebrada que hace posible el océano, en un tiempo de sequía y
devastación, donde ni siquiera existen aquellos pozos artesianos que con tanto
empeño Pío sembró en tierras tocuyanas buscando agua para las cañas. Así la
historia del pueblo, es suma y síntesis
de esos hilos de agua, de esas pequeñas quebradas, de esos hechos diminutos,
colectivos y anónimos que va tejiendo ese pueblo sobre la vida. Y es allí,
y en ellos, donde habremos de encontrar la razón, la causa y la fuerza
para que ese padre de las aguas, hechura de todas las quebradas que lo nutren,
sea hacedor de una historia colectiva, de una sociedad hermana, de un tiempo sin demarcaciones de propiedad, que
desvíen el curso de las aguas, hacia campos cercados. En esa perspectiva, y en esa óptica,
emergieron esas cascadas que fueron Pío Tamayo y Argimiro Gabaldon, con el
propósito de convocar a una acción colectiva de transformación y redención.
REVOLUCION FRENTE A REFORMISMO
Por ello su mensaje y perspectiva es revolucionaria frente a la
escuela reformista que ha tomado el país para su beneficio y usufructo. Escuelas que están por construir, multiplicar
y difundir. Argimiro Gabaldón significa
un momento, un combate librado en la tarea de enfrentar el reformismo, echar
las bases de un pensamiento
auténticamente revolucionario, una derrota temporal que sin embargo es anuncio
y predicción de las más altas victorias.
Un curso de agua, un manantial que se desborda sobre el infinito de la vida bordando la
canción anónima del hombre y que convoca a un coro numeroso para el día de la
gran sinfonía para flauta de pan, viola de amor y río de cuerdas, con la que el
hombre habría de celebrar al fin la fiesta de su auténtica resurrección.*
* Palabras
pronunciadas, el 14 de diciembre de 1994, en la Sala “E”, de la UCV, con motivo
del acto conmemorativo de los treinta años de la muerte del Comandante Argimiro
Gabaldon, organizado por Cátedra “Pío Tamayo” y el Centro de Estudios de
Historia Actual.
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martes, diciembre 13, 2011
DE LAS PALABRAS - ARGIMIRO GABALDÓN 47 AÑOS DESPUÉS
Ahora sin caballo ¿cómo andar? ¿En la cureña de un cañón? El caballo era de palo. Estaba hecho de mentiras hermosas como frutas de cera. Enjaezado de ilusiones. Con bridas de esperanza. A pesar de todo había una apariencia de marcha, de avance. Al borde del precipicio siempre. A dedos del abismo. Ahora el palo se ha trocado en astillas y la mentira ha quedado desnuda. Los arneses de la ilusión se volvieron humo impalpable. Las esperanzadas bridas se enredaron entre los dedos como hilos de una tela de araña. En el fondo del precipicio de las inconsecuencias, el jinete mira hacia el pasado y llama la cureña, pesada. Todavía blande la estaca pero se lacera la mano. Se siente el ruido cada vez más cercano, cada vez más bronco, cada vez más tenebroso, de la cureña que avanza, que viene desde el pasado.
¡Sin caballo se anda a tientas! ¡Los ojos de los cañones son ojos ciegos!
Argimiro Gabaldón*
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¡Sin caballo se anda a tientas! ¡Los ojos de los cañones son ojos ciegos!
Argimiro Gabaldón*
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martes, diciembre 13, 2005
CHIMIRO EN TIEMPOS DE SILENCIO

Se cumple un nuevo año de la ausencia de Chimiro. Pero su gesto, su hacer y la hazaña de su vida, dibujan sobre los días de este expaís, un entramado silencioso, que trabaja subterráneamente para insurgir de nuevo, hecho solar y palabra-flor. Mientras, marchamos, como avisoraba Argimiro en 1948, al borde del precipicio de las inconsecuencias, a dedos del abismo, sobre una tierra en los que los arneses de la ilusión se volvieron humo impalpable. Nunca quiso cambiar su caballo de palo por la cureña de un cañón. Y ojalá que sus bridas de esperanza, enjaezadas de ilusión, nos guíen para que no vuelva a abrirse jamás la espita de los cañones ciegos.
Ahora sin caballo ¿cómo andar? ¿En la cureña de un cañón? El caballo era de palo. Estaba hecho de mentiras hermosas como frutas de cera. Enjaezado de ilusiones. Con bridas de esperanza. A pesar de todo había una apariencia de marcha, de avance. Al borde del precipicio siempre. A dedos del abismo. Ahora el palo se ha trocado en astillas y la mentira ha quedado desnuda. Los arneses de la ilusión se volvieron humo impalpable. Las esperanzadas bridas se enredaron entre los dedos como hilos de una tela de araña. En el fondo del precipicio de las inconsecuencias, el jinete mira hacia el pasado y llama la cureña, pesada. Todavía blande la estaca pero se lacera la mano. Se siente el ruido cada vez más cercano, cada vez más bronco, cada vez más tenebroso, de la cureña que avanza, que viene desde el pasado.
¡Sin caballo se anda a tientas! ¡Los ojos de los cañones son ojos ciegos!
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¡Sin caballo se anda a tientas! ¡Los ojos de los cañones son ojos ciegos!
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ARGIMIRO GABALDON: ¡SIEMPRE VIGENTE!

En primer lugar, nadie yerra porque quiere.
En segundo lugar, cuando hay que hacer algo,
porque se tienen razones para hacerlo,
cada vez que se fracasa en un ensayo o intento,
hay que comenzar de nuevo.
En tercer lugar, cuando hay decisión de avanzar,
aún cuando se retroceda,
siempre se avanza algo.
¡¿Qué esto puede durar mil años, o cien, o diez?!
Pero ¿quién ha planeado jamás una revolución a plazo fijo?
Las revoluciones comienzan,
porque obedecen a razones históricas.
La nuestra ha comenzado.
Cuando se vaya a escribir la historia de esta época que vivimos,
ya se dirá con toda precisión cuál fue su duración.
Argimiro Gabaldón tenía apenas 45 años cuando lo alcanzó la bala que le quebró la vida. Más que la muerte le dolió morir de bala amiga, morir a destiempo, morir cuando apenas se iniciaba el camino duro del que tanto había hablado y para el cual tanto se había preparado. Había nacido el 15 de julio de 1919, parteado por su propio padre el General Rafael José Gabaldón, en la Hacienda Santo Cristo, ubicada en el Municipio Sucre (Biscucuy) del Estado Portuguesa. Y fue en El Tocuyo 19 años más tarde cuando sobre un bancal de arena, a orillas del río, empeñó su palabra comunista con el futuro. Allí inició una participación política que no cesó sino cuando la bala equivocó su cauce para irse a anclar en su corazón combatiente.
Las actividades políticas lo llevaron a Caracas y a incorporarse en las luchas estudiantiles y en las huelgas organizadas por la Federación de Estudiantes de Venezuela. Para ese momento Chimiro era nadador, jugador de béisbol, pescador, cazador y excursionista incansable. Dicen quienes lo conocieron que jamás perdió una pelea a puños, pero que jamás cazó una que no tuviera razón de ser. Una vez bachiller se fue a Argentina a estudiar arquitectura. En el tercer año de su carrera, detuvo su visión arquitectónica para adentrarse en el mundo de la pintura, la literatura y el arte. Y con su morral al hombro se fue a Brasil.
Regresó a Venezuela en 1945 a desandar los viejos caminos. A sus destrezas físicas, Chimiro sumó su pasión por el periodismo, la novelística, el cuento y la poesía. Entendió que había que conocer la historia de su país para poder actuar sobre ella, y se dedicó a formular preguntas y a encontrar respuestas.
A la hora de la lucha contra el perezjimenismo, fue el primero en plantear que no se trataba sólo de cambiar al dictador por otro gobernante, sino que había que ir a la raíz de ese acontecer para que los cambios fuesen trascendentes y no formales. Fue entonces cuando comenzó a discutir la tesis de la necesidad de la lucha armada, como respuesta a un gobierno represivo y criminal.
Y cuando llega el año 1958, comienza a ver con cierto recelo las políticas de unidad impulsadas por el Partido Comunista. A la hora del III Congreso del PCV, fue quien planteó la necesidad de ir hacia otras formas de lucha. Es el inicio de la experiencia guerrillera en Humocaro y también las primeras derrotas. Desde fines del 61 hasta el 13 de diciembre de 1964, Chimiro estuvo al frente de esa lucha. Y en ese proceso le tocó vivir los vaivenes de unos dirigentes que se amoldaban a las circunstancias, antes que analizar histórica, táctica y estratégicamente la realidad sobre la que actuaban.
Para Argimiro, en cambio, quien desde un principio se dedicó a actuar y a escribir sobre lo actuado, a entablar una lucha a la vez que estudiar sus posibilidades, las causas de su fracaso, las condiciones de su existencia, el ser combatiente significaba ante todo ser fiel a una condición, ante cualquier adversidad. La lucha guerrillera para Argimiro, era una forma de la lucha de masas, y sin la gente, sin el pueblo, carecía de sentido. Su raigambre venía de sus vínculos con la tierra, con la gente, con el café que se tomaban y las carencias que sentían. No era un acto improvisado sino una concepción de lucha, de vida y de futuro.
Su objetivo: crear conciencia. Avanzar espacialmente sobre el enemigo, siempre y cuando el espacio conquistado lo fuese en la conciencia y en la organización., para poder dar respuestas que perduraran en el tiempo y en la historia. Aquí, sin embargo, se pasó de una táctica a otra, acomodándola a las circunstancias, improvisadamente, sin que mediara el análisis de lo ocurrido, ni las grandes líneas de lo que habría que proponerse.
En el 58, se propuso la unidad con quienes habían excluido al Partido Comunista de la política venezolana. Ya para el 61 Argimiro estaba en las montañas de Lara. En la ciudad, Unidades Tácticas de Combate, las llamadas UTC, hacían acciones urbanas, sin preparación, maquinaria ni orientación. Allí quedaron muchos compañeros, heridos de una muerte que no les correspondía.
Luego, ante la creciente violencia gubernamental se intentó dar respuesta una alianza cívico-militar para intentos de golpe fallidos y muy costosos, como lo fueron el Guairazo, el Porteñazo, el Carupanazo, golpes materialmente permitidos para que el blanco fuese más fácil de distinguir y el objetivo aniquilador más seguro. Y así lo fue.
Y cuando eso fue insuficiente, se pasó a la guerra larga y prolongada, siempre siguiendo un guión ajeno, llevando a las montañas, las filas y los ríos, a muchachos de la ciudad, que sólo tenían para armarse de mucho valor, rebeldía y un sueño de cambiar el mundo. Nadie les explicó las rutas, las perspectivas. A muchos se les hizo creer que en poco tiempo amarrarían los lazos de sus caballos en las verjas de Miraflores, como lo hicieron los combatientes de la gesta cubana.
Pero no había verjas, ni caballos, ni caminos, ni tiempo determinado para una lucha librada a punta de valor, sacrificio y entrega. Y también de negociaciones, conciliaciones y traiciones. No hubo, porque no había quien la diera, una preparación ideológica, doctrinaria, que les permitiera ir más allá de los manuales de la URSS para aprehender una realidad y dar respuestas acordes con ellas. Betancourt y Leoni, lograron hacer de la izquierda insurgente lo que ellos quisieron para exterminarlos donde y como fuera.
Las continuas derrotas y golpes sufridos, llevaron al repliegue, a la tregua unilateral, al nuevo cambio de táctica. Cuando en diciembre del 64, Chimiro recibe el disparo, aquella guerrilla acusaba la soledad de quienes habían sido dejado a su suerte. En aquel diciembre sólo llegó a las montañas un paquete con sobres de azúcar enviados por una compañera, para endulzar un café amargo como los tiempos que se vivían.
El 65 marcó el VII Pleno del PCV, que aprobó la pacificación, y fue abriendo los cauces para la reincorporación de los exmilitantes insurgentes hacia posiciones electorales. Muchos de los que habían asumido la lucha guerrillera quedaron aislados y excluidos. Y fueron abandonados de unos y otros. Y en sus escondites los fueron ubicando hasta acabar con cada uno de ellos.
Revivió la izquierda electorera, después de sucesivas fracturas y divisiones. No hubo sino una derrota extendida y prolongada que fue minando las esperanzas de actuar sobre una sociedad cuya descomposición tocaba todos los extremos. En ese contexto, la vida, la obra y el hacer de Argimiro Gabaldón cobran extraordinaria vigencia. Porque la suya no fue una lucha sin norte sino un empeño por crear condiciones que permitieran a la gente incorporarse, a través de una conciencia colectiva, a la tarea de hacerse dueños de su propio destino.
Sus textos son necesarios a esta hora, para el replanteamiento del mismo contenido de la palabra revolución que tan buenos dividendos y tan poco resultados concretos ha producido en este expaís. Su hacer es indispensable como guía de una acción desinteresada, dispuesta para que sirva de base a un colectivo consciente y organizado, en busca de la construcción de una sociedad más igualitaria y solidaria.
Quienes hoy toman otra vez en sus manos la bandera de la revolución, fueron muchos de los que ayer contribuyeron a la deserción, la negociación y la conciliación. No han sido capaces de rescatar esa historia para aprehender de ella sus errores, sus aciertos, sus desmanes, sus derrotas y sus secuelas. Por el contrario, la utilizan para sus fines, la desvirtúan, para justificar los nuevos cauces que conducirán a las mismas derrotas.
Como pregunta Argimiro ¿quién ha planificado una revolución a plazo fijo? Las revoluciones comienzan por razones históricas. Y las razones están allí desde hace mucho, desde que la desigualdad y la injusticia se instalaron en estas tierras y en el planeta. Lo que no se ha producido es su desarrollo y desenvolvimiento, como centro de una verdadera transformación, como eje de un auténtico cambio, que debe comenzar por el hombre, para que pueda alcanzar la sociedad y a la vez que ella le devuelva al hombre la libertad de ser.
Algo vedado en los tiempos actuales, regidos por la globalexplotación y por las pseudorrevoluciones que sirven para utilizar otra vez al colectivo, en la lucha por los espacios de poder. Un poder que históricamente, hasta el día de hoy, no ha estado en manos del colectivo, no ha sido capaz de generar cambios en la estructura social mundial para liberar de la pobreza, el hambre y la miseria a más del 80% de la población planetaria.
Si para algo debe servir la vida y la muerte de Argimiro es para hacernos replantear los grandes problemas que se deben debatir hoy en función de la necesaria e impostergable transformación que hoy reclama el colectivo. Chimiro se alza con su esperanza, como entonces, cuando hace cuarenta años, nos dijo, escritas sus palabras en el anverso de un papel que iluminaba los diciembres desde la larga noche guerrillera: Tu pena y mi pena y la de todos, es una sola pena militante armada, es el fuego que arde en la alborada, la revolución que avanza desbordada hacia el milagro de las cadenas rotas, y el gran sufrimiento se tornará alegría, emergerá del fuego un mundo diferente: será el llanto detenido y dejará la sangre de correr asesinada. Se esparcirá la risa, y los niños puros como pájaros en vuelo llenarán los parques con sus gritos, y nosotros estaremos allí! ¡Seguro que estaremos! Como una llama ardiendo eternamente. Somos la vida y la alegría en tremenda lucha con la tristeza y la muerte. ¡Venceremos!
Desde entonces hasta ahora los disparos no han hecho sino multiplicar la tristeza y teñir de muerte la vida. ¿Qué diría Argimiro hoy, en este 2004, ante el espectáculo planetario de una masacre indetenible, de revoluciones que no tienen más norte que repetir los mismos horrores de una historia repetida una y otra vez? ¿Cuántas veces su corazón no habría estallado ante las derrotas que no construyó el enemigo sino nuestra propia incapacidad para construir un hombre nuevo, un proyecto de vida distinta, las bases de una sociedad diferente?
Seguimos siendo la vida y la alegría, en tremenda lucha con la tristeza y la muerte. Y no sabemos cuándo venceremos. Sabemos sí que en el interior de cada uno anida la risa de los niños que, como pájaros en vuelo, pueblan los parques. Y que algún día, esa alegría inundará la tierra hasta convertirla en la verdadera casa del hombre. Ojalá podamos contribuir a esa causa.
13 de diciembre del 2004
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En segundo lugar, cuando hay que hacer algo,
porque se tienen razones para hacerlo,
cada vez que se fracasa en un ensayo o intento,
hay que comenzar de nuevo.
En tercer lugar, cuando hay decisión de avanzar,
aún cuando se retroceda,
siempre se avanza algo.
¡¿Qué esto puede durar mil años, o cien, o diez?!
Pero ¿quién ha planeado jamás una revolución a plazo fijo?
Las revoluciones comienzan,
porque obedecen a razones históricas.
La nuestra ha comenzado.
Cuando se vaya a escribir la historia de esta época que vivimos,
ya se dirá con toda precisión cuál fue su duración.
Argimiro Gabaldón tenía apenas 45 años cuando lo alcanzó la bala que le quebró la vida. Más que la muerte le dolió morir de bala amiga, morir a destiempo, morir cuando apenas se iniciaba el camino duro del que tanto había hablado y para el cual tanto se había preparado. Había nacido el 15 de julio de 1919, parteado por su propio padre el General Rafael José Gabaldón, en la Hacienda Santo Cristo, ubicada en el Municipio Sucre (Biscucuy) del Estado Portuguesa. Y fue en El Tocuyo 19 años más tarde cuando sobre un bancal de arena, a orillas del río, empeñó su palabra comunista con el futuro. Allí inició una participación política que no cesó sino cuando la bala equivocó su cauce para irse a anclar en su corazón combatiente.
Las actividades políticas lo llevaron a Caracas y a incorporarse en las luchas estudiantiles y en las huelgas organizadas por la Federación de Estudiantes de Venezuela. Para ese momento Chimiro era nadador, jugador de béisbol, pescador, cazador y excursionista incansable. Dicen quienes lo conocieron que jamás perdió una pelea a puños, pero que jamás cazó una que no tuviera razón de ser. Una vez bachiller se fue a Argentina a estudiar arquitectura. En el tercer año de su carrera, detuvo su visión arquitectónica para adentrarse en el mundo de la pintura, la literatura y el arte. Y con su morral al hombro se fue a Brasil.
Regresó a Venezuela en 1945 a desandar los viejos caminos. A sus destrezas físicas, Chimiro sumó su pasión por el periodismo, la novelística, el cuento y la poesía. Entendió que había que conocer la historia de su país para poder actuar sobre ella, y se dedicó a formular preguntas y a encontrar respuestas.
A la hora de la lucha contra el perezjimenismo, fue el primero en plantear que no se trataba sólo de cambiar al dictador por otro gobernante, sino que había que ir a la raíz de ese acontecer para que los cambios fuesen trascendentes y no formales. Fue entonces cuando comenzó a discutir la tesis de la necesidad de la lucha armada, como respuesta a un gobierno represivo y criminal.
Y cuando llega el año 1958, comienza a ver con cierto recelo las políticas de unidad impulsadas por el Partido Comunista. A la hora del III Congreso del PCV, fue quien planteó la necesidad de ir hacia otras formas de lucha. Es el inicio de la experiencia guerrillera en Humocaro y también las primeras derrotas. Desde fines del 61 hasta el 13 de diciembre de 1964, Chimiro estuvo al frente de esa lucha. Y en ese proceso le tocó vivir los vaivenes de unos dirigentes que se amoldaban a las circunstancias, antes que analizar histórica, táctica y estratégicamente la realidad sobre la que actuaban.
Para Argimiro, en cambio, quien desde un principio se dedicó a actuar y a escribir sobre lo actuado, a entablar una lucha a la vez que estudiar sus posibilidades, las causas de su fracaso, las condiciones de su existencia, el ser combatiente significaba ante todo ser fiel a una condición, ante cualquier adversidad. La lucha guerrillera para Argimiro, era una forma de la lucha de masas, y sin la gente, sin el pueblo, carecía de sentido. Su raigambre venía de sus vínculos con la tierra, con la gente, con el café que se tomaban y las carencias que sentían. No era un acto improvisado sino una concepción de lucha, de vida y de futuro.
Su objetivo: crear conciencia. Avanzar espacialmente sobre el enemigo, siempre y cuando el espacio conquistado lo fuese en la conciencia y en la organización., para poder dar respuestas que perduraran en el tiempo y en la historia. Aquí, sin embargo, se pasó de una táctica a otra, acomodándola a las circunstancias, improvisadamente, sin que mediara el análisis de lo ocurrido, ni las grandes líneas de lo que habría que proponerse.
En el 58, se propuso la unidad con quienes habían excluido al Partido Comunista de la política venezolana. Ya para el 61 Argimiro estaba en las montañas de Lara. En la ciudad, Unidades Tácticas de Combate, las llamadas UTC, hacían acciones urbanas, sin preparación, maquinaria ni orientación. Allí quedaron muchos compañeros, heridos de una muerte que no les correspondía.
Luego, ante la creciente violencia gubernamental se intentó dar respuesta una alianza cívico-militar para intentos de golpe fallidos y muy costosos, como lo fueron el Guairazo, el Porteñazo, el Carupanazo, golpes materialmente permitidos para que el blanco fuese más fácil de distinguir y el objetivo aniquilador más seguro. Y así lo fue.
Y cuando eso fue insuficiente, se pasó a la guerra larga y prolongada, siempre siguiendo un guión ajeno, llevando a las montañas, las filas y los ríos, a muchachos de la ciudad, que sólo tenían para armarse de mucho valor, rebeldía y un sueño de cambiar el mundo. Nadie les explicó las rutas, las perspectivas. A muchos se les hizo creer que en poco tiempo amarrarían los lazos de sus caballos en las verjas de Miraflores, como lo hicieron los combatientes de la gesta cubana.
Pero no había verjas, ni caballos, ni caminos, ni tiempo determinado para una lucha librada a punta de valor, sacrificio y entrega. Y también de negociaciones, conciliaciones y traiciones. No hubo, porque no había quien la diera, una preparación ideológica, doctrinaria, que les permitiera ir más allá de los manuales de la URSS para aprehender una realidad y dar respuestas acordes con ellas. Betancourt y Leoni, lograron hacer de la izquierda insurgente lo que ellos quisieron para exterminarlos donde y como fuera.
Las continuas derrotas y golpes sufridos, llevaron al repliegue, a la tregua unilateral, al nuevo cambio de táctica. Cuando en diciembre del 64, Chimiro recibe el disparo, aquella guerrilla acusaba la soledad de quienes habían sido dejado a su suerte. En aquel diciembre sólo llegó a las montañas un paquete con sobres de azúcar enviados por una compañera, para endulzar un café amargo como los tiempos que se vivían.
El 65 marcó el VII Pleno del PCV, que aprobó la pacificación, y fue abriendo los cauces para la reincorporación de los exmilitantes insurgentes hacia posiciones electorales. Muchos de los que habían asumido la lucha guerrillera quedaron aislados y excluidos. Y fueron abandonados de unos y otros. Y en sus escondites los fueron ubicando hasta acabar con cada uno de ellos.
Revivió la izquierda electorera, después de sucesivas fracturas y divisiones. No hubo sino una derrota extendida y prolongada que fue minando las esperanzas de actuar sobre una sociedad cuya descomposición tocaba todos los extremos. En ese contexto, la vida, la obra y el hacer de Argimiro Gabaldón cobran extraordinaria vigencia. Porque la suya no fue una lucha sin norte sino un empeño por crear condiciones que permitieran a la gente incorporarse, a través de una conciencia colectiva, a la tarea de hacerse dueños de su propio destino.
Sus textos son necesarios a esta hora, para el replanteamiento del mismo contenido de la palabra revolución que tan buenos dividendos y tan poco resultados concretos ha producido en este expaís. Su hacer es indispensable como guía de una acción desinteresada, dispuesta para que sirva de base a un colectivo consciente y organizado, en busca de la construcción de una sociedad más igualitaria y solidaria.
Quienes hoy toman otra vez en sus manos la bandera de la revolución, fueron muchos de los que ayer contribuyeron a la deserción, la negociación y la conciliación. No han sido capaces de rescatar esa historia para aprehender de ella sus errores, sus aciertos, sus desmanes, sus derrotas y sus secuelas. Por el contrario, la utilizan para sus fines, la desvirtúan, para justificar los nuevos cauces que conducirán a las mismas derrotas.
Como pregunta Argimiro ¿quién ha planificado una revolución a plazo fijo? Las revoluciones comienzan por razones históricas. Y las razones están allí desde hace mucho, desde que la desigualdad y la injusticia se instalaron en estas tierras y en el planeta. Lo que no se ha producido es su desarrollo y desenvolvimiento, como centro de una verdadera transformación, como eje de un auténtico cambio, que debe comenzar por el hombre, para que pueda alcanzar la sociedad y a la vez que ella le devuelva al hombre la libertad de ser.
Algo vedado en los tiempos actuales, regidos por la globalexplotación y por las pseudorrevoluciones que sirven para utilizar otra vez al colectivo, en la lucha por los espacios de poder. Un poder que históricamente, hasta el día de hoy, no ha estado en manos del colectivo, no ha sido capaz de generar cambios en la estructura social mundial para liberar de la pobreza, el hambre y la miseria a más del 80% de la población planetaria.
Si para algo debe servir la vida y la muerte de Argimiro es para hacernos replantear los grandes problemas que se deben debatir hoy en función de la necesaria e impostergable transformación que hoy reclama el colectivo. Chimiro se alza con su esperanza, como entonces, cuando hace cuarenta años, nos dijo, escritas sus palabras en el anverso de un papel que iluminaba los diciembres desde la larga noche guerrillera: Tu pena y mi pena y la de todos, es una sola pena militante armada, es el fuego que arde en la alborada, la revolución que avanza desbordada hacia el milagro de las cadenas rotas, y el gran sufrimiento se tornará alegría, emergerá del fuego un mundo diferente: será el llanto detenido y dejará la sangre de correr asesinada. Se esparcirá la risa, y los niños puros como pájaros en vuelo llenarán los parques con sus gritos, y nosotros estaremos allí! ¡Seguro que estaremos! Como una llama ardiendo eternamente. Somos la vida y la alegría en tremenda lucha con la tristeza y la muerte. ¡Venceremos!
Desde entonces hasta ahora los disparos no han hecho sino multiplicar la tristeza y teñir de muerte la vida. ¿Qué diría Argimiro hoy, en este 2004, ante el espectáculo planetario de una masacre indetenible, de revoluciones que no tienen más norte que repetir los mismos horrores de una historia repetida una y otra vez? ¿Cuántas veces su corazón no habría estallado ante las derrotas que no construyó el enemigo sino nuestra propia incapacidad para construir un hombre nuevo, un proyecto de vida distinta, las bases de una sociedad diferente?
Seguimos siendo la vida y la alegría, en tremenda lucha con la tristeza y la muerte. Y no sabemos cuándo venceremos. Sabemos sí que en el interior de cada uno anida la risa de los niños que, como pájaros en vuelo, pueblan los parques. Y que algún día, esa alegría inundará la tierra hasta convertirla en la verdadera casa del hombre. Ojalá podamos contribuir a esa causa.
13 de diciembre del 2004
Etiquetas:
Argimiro Gabaldón,
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